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La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

Nuestra dirección de contacto es: infomilitiatempli@gmail.com

jueves, 11 de octubre de 2012


EL AÑO DE LA FE
Por Pedro López

     Con fecha 17 de octubre del 2011 se hizo pública la CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO PORTA[1] FIDEI DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI CON LA QUE SE CONVOCA EL AÑO DE LA FE, datada el 11 de octubre, a través de la cual Benedicto XVI decidió convocar un AÑO DE LA FE que comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 23 de noviembre de 2013 (Cf Porta fidei, §4). El documento consta de 15 puntos, del que vamos a hacer un breve resumen.

     Tiene como finalidad que todos los cristianos puedan entrar, a través de la fe, en la vida de comunión con Dios y su Iglesia, siempre abierta para nosotros. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida, comenzando con el bautismo y concluyendo con el paso de la muerte a la vida eterna. Profesar la fe en la Trinidad ―Padre, Hijo y Espíritu Santo― equivale a creer en un solo Dios que es amor (Ibidem, §1).

     Es misión de la Iglesia en su conjunto, al frente de sus pastores, ponerse en camino, como hizo Cristo, para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, una vida en plenitud (Ib. §2), ya que, en la actualidad, los cristianos se preocupan mucho de cuestiones sociales, económicas, políticas, culturales, etc., pero olvidan con frecuencia la fe, negándola no pocas veces. Y no hay que olvidar ―afirma el Sumo Pontífice― que la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza que en su inicio y que los cristianos debemos trabajar no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna. Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación (Ib. §3).

     El año de la fe es una invitación papal hacia una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del Mundo, a través del amor, ya que la fe actúa por el amor (Ga 5,6), que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (Ib. §6): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Una nueva evangelización es hoy en día necesaria ya que, como decía san Agustín, los creyentes se fortalecen creyendo (De utilitate credendi, 1,2).

     El Santo Padre hace un llamamiento a los obispos de todo el orbe para que se unan a él en este periodo que ahora se abre con la finalidad de rememorar el don precioso de la fe, para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa (Cf. §8). La profesión de fe es un acto personal, cuyo primer sujeto es la Iglesia, y al mismo tiempo comunitario, ya que en la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo para alcanzar la salvación (Cf. §10).

     Para llegar a un conocimiento sistemático de la fe ―proclama Su Santidad― hay que acudir al Catecismo de la Iglesia Católica, que es una ayuda preciosa e indispensable, uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. Y este Año de la Fe tiene que servir, entre otras cosas, para redescubrir y estudiar este Catecismo ya que en él se encuentra el tesoro de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia para dar certeza a los creyentes en su vida de fe. A través de sus páginas se descubre que todo lo que en él se nos presenta no es una teoría, sino que a través de la vida sacramental, en la que Cristo está presente, continúa la construcción de la Iglesia. La fe no sería eficaz sin la liturgia y los sacramentos, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Por eso el Catecismo pone la fe en relación con la liturgia y la oración (Cf. §11).

     A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado, poniendo la mirada fija en Jesucristo, que inició y completa nuestra fe (Hb 12,2). Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios. Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro. Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad en torno a la enseñanza de los Apóstoles. Por la fe, los mártires entregaron su vida. Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo. Por la fe, hombres y mujeres de toda edad han dado y dan testimonio de su ser cristiano: en la familia, la profesión, la vida pública… (Cf. §13).

     El Papa afirma que el Año de la Fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo decía que de la fe, la esperanza y la caridad, ésta es la mayor (1 Co 13,13). Y Santiago llegó a decir que para nada servía la fe si no se tienen obras ya que si tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin obras, y yo con mis obras te mostraré la fe (St 2, 14-18). La fe y el amor se necesitan mutuamente de modo que una permite a la otra seguir su camino. Gracias a la fe reconocemos en quienes nos piden nuestro amor, el rostro de Jesucristo ya que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis (Mt 25,40). San Pablo pidió a su discípulo Timoteo que buscara la fe con la misma constancia que cuando era niño. Esta invitación la tenemos que escuchar como si fuera dirigida hacia nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe (§14-15).

     El Sumo Pontífice concluye su carta con una creencia y una confianza. La creencia con firme certeza de que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Y la confianza durante este período de gracia en la Madre de Dios, proclamada bienaventurada porque creyó.




[1] En la Biblia Vulgata aparece como ostium fidei (Act 14,26).