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La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

Nuestra dirección de contacto es: infomilitiatempli@gmail.com

domingo, 6 de enero de 2013


A continuación publicamos este interesante trabajo realizado por nuestro hermano dom. Pedro López sobre el Breviario Romano de 1962

EL BREVIARIO ROMANO DE 1962

I. CONCEPTO

     Etimológicamente, la palabra breviario procede del adjetivo latino breviarius que significa abreviado. Como muchos otros adjetivos se sustantivó en nuestra lengua y ya con entidad propia, la R.A.E. define el breviario como libro que contiene el rezo eclesiástico de todo el año. En el lenguaje litúrgico, podríamos definirlo como la oración de todo el pueblo de Dios, dispuesta y preparada de tal suerte que puedan participar en ella no solamente los clérigos, sino también los religiosos y los mismos laicos (cf. art. 1 de la Constitución Apostólica Laudis Canticum, de Pablo VI).

     Fue el papa san Gregorio VII quien recopiló todas las oraciones de la Iglesia y las ordenó, simplificando la liturgia y favoreciendo su recitación. Este resumen recibió el nombre de Breviario. Entendemos, pues, como Breviario el conjunto de oraciones para santificar la jornada, siendo una fuente de piedad y alimento para la oración personal, según palabras de la Constitución Apostólica acabada de citar.

II. CONTENIDO

     La edición actual del Breviario Romano fue aprobada por el beato Juan XXIII el 25 de julio de 1960 a través del Motu Proprio Rubricarum Instructum y se promulgó al siguiente día mediante Decreto General del Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, el cardenal Cayetano Cicognani.

     De acuerdo con el art. 32 de la Instrucción de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei, de 30 de abril del 2011, sobre la aplicación de la Carta Apostólica Motu Proprio data Summorum Pontificum, se concede a los clérigos la facultad de usar el Breviario Romano en vigor desde 1962, de conformidad con el art. 9 § 3 del Motu Proprio Summorum Pontificum. Aunque nada se dice de modo expreso, habida cuenta de que los laicos somos los destinatarios de la doctrina de la Iglesia, nada empece su uso para ellos.

     El Breviario Romano se recita íntegramente en lengua latina.

     En cuanto a su contenido, el Breviario Romano está dividido en cuatro partes. Son, a saber:

1.      El Propio del Tiempo (Proprium de Tempore).
2.      El Tiempo Ordinario (Ordinarium).
3.      El Propio de los Santos (Proprium Sanctorum); y
4.      El Común de los Santos (Commune Sanctorum).

EL PROPIO DEL TIEMPO

    En él se contienen las antífonas, capítulos, himnos, versos y oraciones de los siguientes tiempos litúrgicos: Adviento, Navidad, Epifanía, Septuagésima, Cuaresma, Semana Santa, Pascua, Ascensión y el Tiempo Ordinario o después de Pentecostés. En cuanto a los salmos, se remite al Salterio.

EL TIEMPO ORDINARIO. EL SALTERIO

     A continuación del Domingo XXIV y último después de Pentecostés, el Breviario acoge el núcleo principal de oraciones: Los Divinos Oficios, divididos en una Parte General (aquellos que se recitan en el Tiempo Ordinario) y otra Especial (los que se recitan en los restantes tiempos acabados de decir).

     El Salterio está dispuesto conforme a los días de la semana. Comienza en Laudes del domingo y finaliza en Completas del sábado. En cada uno de esos días, se recita Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas (septies in die laudem dixi tibi).

     Laudes consta de: Inicio o Invitatorio, 4 salmos y 1 cántico, todos ellos con su antífona, Capítulo, Himno, Verso, Benedictus con su antífona, Preces, en su caso, Oración con su verso, Conmemoración, en su caso y Conclusión.

     Prima contiene: Inicio o Invitatorio, Himno, 3 salmos con una única antífona antes del primer salmo y al final del tercero, Capítulo, Responsorio Breve, Oración con su verso, Lección Breve y Conclusión.

     Tercia, Sexta y Nona son idénticas a Prima, pero sin Lección Breve.

     Vísperas se distribuye así: Inicio o Invitatorio, 5 salmos con sus antífonas, Capítulo, Himno, Verso, Magníficat con su antífona, Preces, en su caso, Oración con su verso y Conclusión.

     Completas está formada por: Inicio, Lección Breve, Examen de Conciencia y Confesión (Verso, Padrenuestro, Confiteor, Misereatur, Indulgentiam), Invitatorio, 3 salmos con una única antífona, antes del primer salmo y al final del tercero, Himno, Capítulo, Responsorio Breve, Verso, Cántico Nunc Dimittis con su antífona, Oración y Conclusión.

     Sin ningún género de dudas, el Salterio es la más antigua y venerable parte del Breviario. Se compone de 150 salmos. Es la más antigua porque los judíos ya recitaban estos salmos doce siglos antes de Cristo, quien también los recitó según es de ver en diversas citas evangélicas. También los apóstoles y los primeros cristianos los recitaron y ello dio lugar a que ya en las antiguas iglesias cristianas los salmos fueran la principal oración. La Iglesia acogió en su seno esta tradición y los conservó con esmero a lo largo de los tiempos y desde la versión de san Jerónimo han permanecido inalterables en cuanto a su contenido. De esta forma, el Libro de los Salmos se ha configurado como la base de la oración católica y, dentro de las congregaciones religiosas, como el libro de coro por excelencia. San Benito, en su Regla, fue de los primeros que los sistematizó en la iglesia latina. Y no sólo en cuanto al número de recitaciones diurnas (Regla, Cap. XVI) sino también en cuanto a su número y orden en cada una de ellas (Regla, Cap. XVII, XVIII y concordantes). Para ello dividió el día en siete partes u horas marcando un ritmo propio de oración para santificar las horas del día. A lo largo de los tiempos, muchos otros han querido marcar otro ritmo y adecuarlo a las necesidades del lugar, tiempo, costumbres y personas. Incluso san Benito ya se dio cuenta de la necesidad de que el orden de recitación de los salmos se podría alterar, de ahí que, con muy sabias palabras, advirtiera a los abades que si a alguien por ventura no le agradare esta distribución de los salmos, los ordene de otro modo, si cree mejor, con tal que, en todo caso, se observe esto: que cada semana se recite íntegramente el salterio, con todos los ciento cincuenta salmos y el domingo, a las vigilias, vuelva a tomarse siempre por donde se empezó (Ibidem, Cap. XVIII, 22-23). Y motivó perfectamente sus palabras en cuanto al número de salmos (150) y tiempo (7 días) se refiere: Porque los monjes que en el curso de una semana recitan menos de un salterio […] muestran una gran negligencia en el servicio al que están consagrados…

EL PROPIO DE LOS SANTOS

     Tras el Tiempo Ordinario sucede en el Breviario el Propio de los Santos, es decir, la parte que contiene las antífonas, capítulos, himnos, versos y oraciones de las fiestas de un gran número de santos. Comienza con san Saturnino (29 de noviembre) y termina con san Silvestre Abad (26 de noviembre). En cuanto a los salmos, se remite al Salterio.

EL COMÚN DE LOS SANTOS

     Bajo esta denominación vienen todas las antífonas, capítulos, himnos, versos y oraciones que no están reservados para un santo, pero pueden ser empleados para un grupo de ellos, como son los Apóstoles, Evangelistas, Pontífices, Mártires, Confesores Pontífices, Doctores, Confesores no Pontífices, Abades, Vírgenes y Santas Mujeres. A ellos hay que añadir los oficios de la Dedicación de las Iglesias, de la Santísima Virgen María y de los Difuntos. En cuanto a los salmos, se remite al Salterio.

III. LAS HORAS CANÓNICAS

     El rezo del Breviario está destinado a ser usado diariamente. Cada hora del día tiene su propio oficio, ya que, litúrgicamente, el día se divide en horas, según la base de la antigua división romana. Así, Laudes debería ser recitado a eso del amanecer, Prima a las 7 h, Tercia a las 9, Sexta a mediodía, Nona a las 15, Vísperas al atardecer y Completas inmediatamente antes de retirarse a dormir. No obstante, este horario es flexible según el país y la época del año.

     De acuerdo con la ya citada Constitución Apostólica Laudis Canticum, la Liturgia de las Horas se desarrolló poco a poco hasta convertirse en oración de la Iglesia local, de modo que, en tiempos y lugares establecidos, y bajo la presidencia del sacerdote, vino a ser como un complemento necesario del acto perfecto de culto divino que es el sacrificio eucarístico, el cual se extiende así y se difunde a todos los momentos de la vida de los hombres.

     El libro del Oficio divino, incrementado gradualmente por numerosas añadiduras en el correr de los tiempos, se convirtió en instrumento apropiado para la acción sagrada a la que estaba destinado.

     Sin embargo, toda vez que en las diversas épocas históricas se introdujeron modificaciones notables en las celebraciones litúrgicas, entre las cuales hay que enumerar los cambios efectuados en la celebración del Oficio divino, no debe maravillamos que el libro mismo, llamado en otro tiempo Breviario, fue adaptado a formas muy diversas, que afectaban a veces a puntos esenciales de su estructura.

     El Concilio Tridentino, por falta de tiempo, no consiguió terminar la reforma del Breviario, y confió el encargo de ello a la Sede Apostólica. El Breviario romano, promulgado por san Pío V en 1568, reafirmó, sobre todo, de acuerdo con el común y ardiente deseo, la uniformidad de la oración canónica, que había decaído en aquel tiempo en la Iglesia latina.

     En los siglos posteriores, fueron introducidas diversas innovaciones por los sumos pontífices Sixto V, Clemente VIII, Urbano VIII, Clemente XI y otros.

     San Pío X, en el año 1911, hizo publicar un nuevo Breviario, preparado a requerimiento suyo. Restablecida la antigua costumbre de recitar cada semana los ciento cincuenta salmos, se renovó totalmente la disposición del Salterio, se suprimió toda repetición y se ofreció la posibilidad de combinar el Salterio ferial y el ciclo de la lectura bíblica correspondiente con los Oficios de los santos. Además, el Oficio dominical fue valorizado y ampliado de modo que prevaleciera, la mayoría de las veces, sobre las fiestas de los santos.

     Todo el trabajo de la reforma litúrgica fue reanudado por Pío XII. Él concedió que la nueva versión del Salterio, preparada por el pontificio Instituto bíblico, pudiera usarse tanto en la recitación privada como en la pública; y, constituida en el año 1947 una comisión especial, le encargó que estudiase el tema del Breviario. Sobre esta cuestión, a partir del año 1955, fueron consultados los obispos de todo el mundo. Se comenzó a disfrutar de los frutos de tan cuidadoso trabajo con el decreto sobre la simplificación de las rúbricas, del 23 de marzo de 1955, y con las normas sobre el Breviario que Juan XXIII publicó en el Código de rúbricas de 1960.

     Pero se había atendido así solamente a una parte de la reforma litúrgica, y el mismo sumo pontífice Juan XXIII consideraba que los grandes principios puestos como fundamento de la liturgia tenían necesidad de un estudio más profundo. Por ello confió tal encargo Concilio Vaticano II, que, por entonces, había sido convocado por él. Y así, el Concilio trató de la liturgia en general y de la oración de las Horas en particular con tanta abundancia y conocimiento de causa, con tanta piedad y competencia, que difícilmente se podría encontrar algo semejante en toda la historia de la Iglesia.

     Durante el desarrollo del Concilio, fue ya su preocupación que, una vez promulgada la Constitución sobre la sagrada liturgia, sus disposiciones fueran inmediatamente llevadas a la práctica, cosa que se hizo a través de la Carta Apostólica que nos ocupa.