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La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

Nuestra dirección de contacto es: infomilitiatempli@gmail.com

miércoles, 14 de agosto de 2013

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA

    Hoy, 15 de agosto, se celebra la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los cielos. Es una solemnidad que se celebra en toda la Cristiandad. Para la Militia Templi – Christi Pauperum Militum Ordo representa su esencia, ya que, en las primeras palabras de nuestra Regla claramente se deja dicho cuál es su misión: servir a Nuestro Señor y rendir el debido obsequio a Nuestra Señora (Cf. Regla I,1). La guía de todos sus miembros es una sincera devoción por el Señor y Nuestra Señora (Cf. Ibidem, I,7). Por eso, el Gran Maestre de la misma, cuando acepta su cargo, grande es la responsabilidad que él asume ante Dios y ante Nuestra Señora (Ib. II,1), siendo la misma la preocupación, principalmente, de que los que le han sido encomendados tengan en su corazón y sean fieles a los ideales de la Militia, es decir, servir a Nuestro Señor y a la Santa Virgen María (Ib. II,9-10). Todos los caballeros militan bajo la enseña de Nuestro Señor Jesucristo y de Nuestra Señora (Ib. V,1). Y se advierte a sus novicios que han de tener verdaderos deseos de servir en la humildad y en la pobreza al Señor y a la Beatísima Virgen (Ib. VII,1). El alimento espiritual de todos sus miembros es la alabanza a su Señor y a Nuestra Señora a través del Oficio Divino (Ib. XIV,2). Y cuando el Capítulo se reúne debe rendir tributo de alabanza al Señor Omnipotente y a Nuestra Señora (Ib. XV,1).


Nuestra Señora, Reina de la Militia Templi. Castello della Magione. Poggibonsi (Italia)

Como dogma de fe fue definido por el Papa Pío XII en 1950[1]:

«La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda culpa de pecado original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial…»


Basílica de la tumba de la Virgen María (Getsemaní). Foto del autor.
     Mas la Asunción de Nuestra Señora se manifiesta en la Tradición desde muy antiguo. Así, en un apócrifo del s. V, atribuido al pseudo Militón se dice[2]:

«Señor, elegiste a tu esclava, para que se convierta en tu morada inmaculada […] Por tanto, dado que, después de haber vencido a la muerte, reinas en la gloria, a tus siervos nos ha parecido justo que resucites el cuerpo de tu madre y la lleves contigo, dichosa, al cielo…»


Basílica de la Tumba de la Virgen en Getsemaní. Foto del autor.
San Germán de Constantinopla expone (ca. 640-730)[3]:

«Como un niño busca y desea la presencia de su madre, y como una madre quiere vivir en compañía de su hijo, así también era conveniente que tú, de cuyo amor materno a tu Hijo y Dios no cabe duda alguna, volvieras a él. ¿Y no era conveniente que, de cualquier modo, este Dios que sentía por ti un amor verdaderamente filial, te tomara consigo? […] Era necesario que la madre de la Vida compartiera la morada de la vida.»


 Iglesia de la dormición de la Virgen en el Monte Sión. Foto del autor.
     Algunos teólogos han sostenido que la Virgen fue liberada de la muerte y pasó directamente de la vida terrena a la gloria celeste. El ya dicho Dogma de la Asunción no dejó definido si murió o no la Virgen María. No obstante ello, en la Tradición existe una communis opinio en el sentido de la Virgen María no se sustrajo a la muerte. Y dado que Jesús murió, es difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre. Afirma Juan-Pablo II[4] que los Padres de la Iglesia no tuvieron duda alguna al respecto y Santiago de Sarug[5] († 521) afirma que:
«Cuando a María le llegó el tiempo de caminar por la senda de todas las generaciones, el coro de los doce Apóstoles se reunió para enterrar el cuerpo virginal de la bienaventurada»


Tumba de la Virgen María en Getsemaní. Foto del autor.
San Juan Damasceno[6] se pregunta:

«¿Cómo es posible que aquella que en el parto superó todos los límites de la naturaleza, se pliegue ahora a sus leyes y su cuerpo inmaculado se someta ahora a la muerte? Ciertamente era necesario que se despojara de la parte mortal para revestirse de inmortalidad, puesto que el Señor de la naturaleza tampoco evitó la experiencia de la muerte…»

   En definitiva, en el orbe católico se considera que la Virgen murió pero fue resucitada y elevada a los cielos en cuerpo y alma.
   De igual forma se piensa en la Iglesia Ortodoxa, donde la Solemnidad también se celebra el 15 de agosto. Esta fiesta celebra la muerte de la Madre de Dios (Theotokos), seguida de su resurrección y glorificación en Cristo. Proclama que María ha sido llevada por Dios a su reino en la plenitud de su existencia espiritual y corporal. La Tradición ortodoxa enseña que María murió como los demás, no voluntariamente como en el caso de su Hijo, sino por la necesidad de su naturaleza humana. Para esta Tradición, de la que ya hay constancia en el s. V, la Madre de Dios, en el momento de su dormición, estaba de regreso en Jerusalén. Oraba día y noche y con mucha frecuencia visitaba el sepulcro de su Hijo. En una de estas visitas, se le apareció el arcángel Gabriel y le anunció que pronto dejaría esta vida. La Virgen María decidió visitar Belén por última vez llevando con ella las tres jóvenes que le atendían (Séfora, Abigail y Jael), pero antes avisó a José de Arimatea y a otros discípulos que pronto partiría de este mundo. En una de sus oraciones, la Virgen pidió que el apóstol san Juan viniera a verla por última vez y el Espíritu Santo lo trajo desde Éfeso. Después de la oración, san Juan escuchó una voz del cielo que concluía la oración de la Virgen y que decía “amén”. La Madre de Dios interpretó que la voz significaba que pronto los apóstoles y los discípulos llegarían hasta el lugar en donde ella se encontraba, como así sucedió. Nos dice san Juan Damasceno que todos los allí reunidos escucharon las últimas palabras de la Madre de Dios. El apóstol san Juan explicó a los presentes que era voluntad del Señor juntarlos a todos nuevamente para la dormición de la Madre de Dios. Se narra que entre los presentes también estaban el apóstol san Pablo con sus discípulos Dionisio el Areopagita, san Timoteo y algunos de los setenta.
La dormición se llevó a término a las 9 h de la mañana. Los apóstoles se acercaron a su lecho y ofrecieron alabanzas a Dios. De repente, una luz divina resplandeció y apareció el mismo Cristo rodeado de ángeles y profetas. Viendo a su Hijo, la Virgen María exclamó: Mi alma magnifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios, mi salvador, porque ha visto la humildad de su esclava (Lc 1,46). De esta forma entregó su alma a su Hijo y Dios. A partir de este momento comenzaron a preparar el entierro de su cuerpo purísimo. Los apóstoles fueron los encargados de llevar su féretro a hombros. Esta procesión tuvo lugar por toda la ciudad de Jerusalén hasta llegar a Getsemaní. Un sacerdote lleno de odio, Efonio, quiso tirar el féretro que transportaba el cuerpo de la Virgen María, pero el arcángel Miguel le cortó las manos. Inmediatamente se arrepintió y confesó la majestad de la Madre de Dios y así comenzó a ser un ferviente seguidor de Cristo.
Huerto de los olivos en Getsemaní. Foto del autor.
   Cuando la procesión llegó al huerto de Getsemaní, los apóstoles y los discípulos dieron el último adiós a la Virgen María. A eso de la medianoche depositaron el cuerpo en el sepulcro y sellaron su entrada. Por voluntad de Dios, el apóstol Tomás no estuvo presente en el funeral y llegó al tercer día a la tumba. Los apóstoles decidieron abrir la tumba para que Tomás pudiera dar su último adiós. Cuando abrieron el sepulcro solamente encontraron sus lienzos y entendieron que su cuerpo también había sido recibido en los cielos por Nuestro Señor.
Ese mismo día, por la tarde, estando reunidos todos los apóstoles para comer, la Madre de Dios se les apareció y les dijo: Regocijáos, porque estaré con vosotros todos los días de vuestras vidas. Todos ellos exclamaron: Santísima Madre de Dios, sálvanos. Desde entonces esta exclamación ha acompañado eternamente a la Iglesia.
Esta fiesta se celebra especialmente todos los 15 de agosto con mucha reverencia y especial devoción en el huerto de Getsemaní, el lugar de su entierro.

Dom. Pedro López Martínez, caballero profeso de la Militia Templi




[1] Cf. Lumen gentium, 59.
[2] Cf. De transitu V. Mariae.
[3] Cf. Homilia I in Dormitionem: PG 98, 347-348.
[4] Cf. Audiencia General de los miércoles, 25-6-1997.
[5] Cf. Discurso sobre el entierro de la Santa Madre de Dios.
[6] Cf. Panegírico sobre la dormición de la Madre de Dios.