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La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

Nuestra dirección de contacto es: infomilitiatempli@gmail.com

martes, 15 de julio de 2014

TEMPLARIOS Y TEMPLARISMO: DOS EXPERIENCIAS IRRECONCILIABLES


      A pesar de la clara apariencia de lazos entre los dos organismos, la primera institución que se interesó continuamente por los templarios fue la masonería. No es sorprendente que el templarismo constituyese durante mucho tiempo uno de los fenómenos de mayor atractivo surgidos de esta sociedad iniciática.

     Navegando a través de los cientos de asociaciones neotemplarias existentes, además de darnos cuenta de su proliferación, es también posible observar como las mismas no tenían ningún elemento en común con los templarios históricos.

     Todas estas incorporaciones son el resultado de numerosas y frecuentes escisiones, que asumen de manera totalmente ilegítima el título de “orden” sin tener en cuenta, o mejor dicho, haciendo caso omiso de los requisitos necesarios para obtener tal status. Pero más allá de los tecnicismos legales, relaciones con el Derecho Canónico, parece de todo punto indispensable subrayar las sustanciales diferencias existentes entre los templarios medievales y sus malos imitadores modernos.

     La abrumadora mayoría de estas pseudo-órdenes propugna, en efecto, un cierto ecumenismo religioso, asociado a una determinada igualdad de funciones entre el hombre y la mujer, añadiendo entre sus propios fines las actividades filantrópicas no del todo típicas de organizaciones para-masónicas más famosas. Todo ello, naturalmente, sazonado con indebidas referencias a asuntos esotéricos a menudo rayanos con el absurdo.

     La Orden del Temple, por el contrario, se caracterizó por tradiciones y sólidos principios: fe absoluta en la religión cristiano-católica; fidelidad y sumisión incondicional al papa; voto de defensa con las armas de la Cristiandad mediante la guerra contra los enemigos de Cristo; observancia de las reglas establecidas y formalmente aprobadas por la autoridad religiosa; práctica de vida conventual acorde con el propio ordenamiento monástico y militar.

     Es muy fácil comprobar como de todo esto no hay ni el más pequeño indicio en sus estatutos sociales, que todavía continúan hablando de “utopía templaria”, de “promoción humana”, de “diseños sociopolíticos” y otras inmundicias del género. De otro lado, tanto los símbolos como los rituales utilizados son también indicadores de la confusión y de la falta de preparación de estos personajes.

     Además de la conocida “espada templaria”, jamás existió otra cosa en las manos de los valerosos caballeros de Tierra Santa, de donde se deduce que el uso excesivo de insignias, tachones en cinturones, lentejuelas y otras decoraciones, está en claro y flagrante conflicto con aquellos ornamentos ya condenados por san Bernardo, cuyo pensamiento los “templaristas” demuestran desconocer, a pesar de los elogios en relación con el santo abad. Por no hablar de los guantes blancos y de la mano sobre el pecho, detalles de incontestable derivación masónica.

     En cuanto a los títulos, es suficiente para divertirse los de “Gran de esto”, “Gran de lo otro”, ignorando que el templario, una vez admitido en la Orden, se convertía en un sencillo hermano, renunciando a su propia posición y a todas las prerrogativas pasadas. Pero está claro que estos pseudo-templarios no conocen ni siquiera la carta enviada por san Bernardo a Hugo de Champaña, cuando el conde decidió hacerse caballero templario.

     Por supuesto que, con todo lo dicho, no se quiere, en absoluto, impedir a cada uno sus sueños. Se pide solamente que se tenga al menos el buen gusto y los buenos modales de callarse en presencia de estudiosos serios y competentes.

Publicado en Tradizione Templare (http://tradizionetemplare.blogspot.com.es/ ) el 16-5-14