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La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

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domingo, 31 de julio de 2016

PORQUE EL LATÍN ES LA LENGUA DE LA IGLESIA CATÓLICA.

Dejamos este artículo el cual es esclarecedor y altamente instructivo para todas las personas que aun dudan de la importancia de preservar el latín y del papel que ha jugado y debe jugar la Iglesia en la preservación de esta joya que es la lengua latina


I- INTRODUCCIÓN

1- Algo extraño ha ocurrido con la cuestión del latín: el Papa que inicia el Concilio Vaticano II 
( Juan XXIII) escribe un magnífico documento para dar nueva vida a la lengua de la Iglesia, pero el Papa que cierra dicho Concilio (Paulo VI) asiste a su entierro: “ Para quienes perciben la belleza, la fuerza, la sacralidad expresiva del latín, la sustitución del mismo por la lengua vulgar supondrá ciertamente un sacrificio grande. Perdemos de ese modo, el lenguaje de los siglos cristianos, nos convertimos en intrusos y profanos en el recinto de la expresión sagrada; perdemos incluso gran parte del estupendo e incomparable tesoro artístico y espiritual que es el canto gregoriano. Tenemos pues motivo para entristecernos y hasta turbarnos. ¿Con qué substituiremos esta lengua angelical? Se trata de un sacrificio de inestimable valor”. Pero luego justifica el abandono del latín con estas palabras: “…vale mucho más entender el contenido de la plegaria que conservar los viejos ropajes con los que se había revestido; vale mucho más la participación del pueblo, de este pueblo moderno ávido de palabra clara, inteligible, traducible a la conversación profana” (Audiencia General del 26-XI-1969)







 ¿Cómo se perdió este “tesoro de valor incomparable”, como llamó Juan XXIII al latín .

Existen causas remotas y causas próximas, agentes externos a la Iglesia y agentes internos, que causaron el destierro del latín. No podemos detenernos a hacer un largo análisis de este asunto sino sólo proporcionar algunas pistas, y remitir al lector a las diversas obras que han tratado la materia.

2. Por un lado se hallan los enemigos externos de la Iglesia que han visto en el latín todo un símbolo, asociado a lo eclesial y sagrado. Así dice el P. Cayuela: “¿Cómo se explica, pues, que, reconociéndose las ventajas del latín para la comunicación universal del pensamiento, hayan rehuído las naciones el aceptarlo, y hasta se le haya declarado la guerra más o menos solapada, con miras a desterrarlo de la enseñanza? El fenómeno es por extremo curioso, y no tendría explicación racional, sino constara la inquina que han sentido hacia el idioma de la Iglesia Católica cuantos se han propuesto hostilizarla en todas sus posiciones. Que, en efecto, el odio a la Iglesia ha presidido las campañas antilatinas desde el siglo XVIII hasta nuestros días, es cosa fuera de toda duda. Lo prueba el Padre Arsenio Cahur en su libro “Des études classiques et des etudes professionelles”, con hechos y documentos evidentes”. [1]

3. Joseph de Maistre nos habla especialmente del caso de Francia: “ El siglo pasado que se encarnizó con todo lo que hay de sagrado o venerable, no dejó de declararle la guerra al latín. Los franceses, que siempre dan la nota, se olvidaron casi totalmente de esa lengua; se olvidaron de sí mismos hasta hacerla desaparecer de su moneda, y no parece que se hayan dado cuenta aun del delito cometido contra el buen sentido europeo, contra el buen gusto y contra la Religión”. [2]

4. Algunos estiman que el abandono del latín comienza en el Renacimiento, al hacer del cultivo del latín algo exclusivo a una élite intelectual. “Los humanistas del Renacimiento –dice un historiador- hicieron del latín una lengua muerta. Hasta ellos, el latín había permanecido vivo… (Pero) ellos cayeron en el pastiche, inauguraron el “ciceronismo”, complicaron una lengua que sus antecesores habían simplificado”.[3] Es sabido que fueron esos humanistas quienes hablaron de “Edad Media” para designar una etapa de “decadencia” del latín; ellos eran los restauradores…


5. También algunas actitudes en el campo eclesiástico pueden haber abierto brecha, aunque hayan sido adoptadas por celo apostólico. Así p.ej, el caso del pueblo eslavo, y el caso del pueblo chino , estudiados por Dom Gueranger.[4]

6. En todo caso, lo cierto es que el latín fue desterrado por obra de los modernistas[5], hijo legítimos del protestantismo. En efecto, dice Dom Guéranger: “El odio a la lengua latina es innato a todos los enemigos de Roma. En ella ven el bien de los católicos de todo el universo, el arsenal de la ortodoxia contra todas las sutilezas del espíritu de secta”.[6]

Los modernistas han querido instaurar una liturgia más “comprensible”, más “popular”, más a tono con el hombre moderno, y evidentemente, el latín les molestaba. Pero así como no es lo mismo decir Misa en una cancha de fútbol que en un templo; el día Sábado que el día Domingo, así tampoco es lo mismo decirla en lengua vulgar que en latín.

En los tres casos se trata de algo fundamental que han perdido los modernos: el sentido de lo sagrado. Sagrado quiere decir segregado; separado de lo que es más humano, para que el hombre sea más divino. Por eso se delimita un espacio (el templo); por eso se santifica el tiempo (año litúrgico); y por eso también se emplea una lengua que no es la usada en la calle, para hablar con Dios y para hablar de Dios.

5. El presente artículo tiene como fin principal demostrar que el latín es la lengua de la Iglesia Católica, y analizar cuáles son las razones de ello; se trata de indagar qué movió a la Santa Iglesia a tomar el latín como lengua propia, y sobre todo a conservarla en condición de tal, durante siglos.
O sea, que no nos proponemos estudiar los cambios habidos desde el Concilio, sino reafirmar la “catolicidad” y “sacralidad” del latín.
Nuestro marco de referencia será la Constitución Apostólica “Veterum Sapientia”, del Papa Juan XXIII. [7]

En dicho documento se hallan los argumentos fundamentales acerca de la cuestión que estamos tratando.

Y creemos que pueden reducirse a tres:

1. El latín fue la lengua hablada por el Imperio que Dios preparó para la venida de su Hijo.

2. La lengua forjada por los creadores de ese Imperio es una lengua digna de la Iglesia.

3. Es una lengua connatural a la Iglesia.

Por eso desarrollaremos a continuación tres items:

- La lengua del Imperio
- Cualidades del latín
- El latín, lengua católica

II- LA LENGUA DEL IMPERIO`




1. El Papa comienza estableciendo un postulado de teología de la historia: el Imperio romano fue querido por Dios como lugar y momento histórico para la Encarnación del Verbo. Es la “plenitud de los tiempos” de la que habla san Pablo, y los Padres de la Iglesia. Así por ej. San León Magno: “En efecto, convenía sobremanera a la obra dispuesta por la mano divina que muchos reinos fueran unidos en federación en un solo Imperio, de modo que la predicación universal pudiera así extenderse a los pueblos regidos por un solo gobierno”.[8]

Conforme a ello, dice Juan XXIII que el latín “fue el aureo ropaje de la sabiduría misma”, que la iglesia acogió con veneración; “no sin especial providencia de Dios…, llegó a ser la lengua propia de la Sede Apostólica”; y luego “admirable instrumento para la propagación del cristianismo en Occidente”.

Veamos cómo nos explica este punto M.M.Martin: “La mayor parte de los Padres de la Iglesia, y toda la Edad Media, vieron en ese imperio de una grandeza única, el preámbulo providencial de la rápida expansión del cristianismo. Uno de ellos escribía a fines del s.II: ‘Puesto que era voluntad de Dios que todas las naciones estuviesen preparadas a recibir la doctrina de Cristo, su Providencia las sometió al único emperador de los romanos… La multiplicidad de imperios hubiera sido un obstáculo a la difusión de la doctrina de Jesús en todo el universo.’” (p.42-43) Y más adelante: “Cuarenta años más tarde, habiendo sido crucificado Cristo ‘bajo Poncio Pilato’, procurador de Roma, sus apóstoles parten para la conquista del mundo conocido. Y, ¿con qué se encuentran? ¿Desiertos?¿Bosques?¿Espacios confusos, informes? No; encuentran un imperio, con rutas y ciudades de firmes murallas; encuentran a Roma con sus soldados, sus administradores, sus jueces. Es en ese imperio que se establece el cristianismo, y es de él que la Iglesia recibe rápidamente su forma terrestre, su jerarquía, su estructura, en fin, su lengua, adoptada por la humanidad entera.

Para su predicación universal, Dios le ha preparado un imperio universal; para su llamado que no excluye a persona alguna, Dios le ha dado el reino que acogía a todos los reinos; para ser Roma de los Papas, Dios ha permitido que existiese primero la Roma Ciudad que reunía al mundo.

Y pronto la Iglesia llegó a ser ella misma Roma, pero una Roma superior, exaltada hasta los cielos. Poco importa. Se trata siempre de la misma Ciudad y el mismo orden; también el mismo lenguaje, pero portador de otra plegaria”. (p.263-264).



 2. Por lo dicho, el abandono del latín es todo un signo que debe hacernos reflexionar sobre los tiempos que nos toca vivir. En efecto, el Imperio romano fue considerado el “obstáculo” del que habla san Pablo en II Tes.2,7. El Imperio romano no pereció sino que perduró –transformado- en la Cristiandad.[9] Y por eso si desde el fin de la Edad Media, la Cristiandad se disgrega, es que se está allanando el camino al Anticristo. Ese proceso de disgregación comenzó con el Humanismo, pero llega a su término en nuestros días, cuando a veces son ciertos jerarcas mismos de nuestra Iglesia católica misma la que no quiere saber nada con la Cristiandad; es ella misma la que ha propugnado la laicización de los Estados, y la que ha negado la realeza social de Cristo.

En el Nuevo Concordato se diluye el carácter sacro de Roma. Ciudad en la cual murieron, por voluntad divina, San Pedro y san Pablo, columnas de la Iglesia, y que fue fecundada con la sangre de tantos mártires. Abandono del latín, abandono de Roma: dos gestos elocuentes…[10]

III- CUALIDADES DEL LATÍN

1. El latín es una lengua que encierra ciertas nobles cualidades que la hacen digna de ser empleada por la Iglesia de Cristo.
Juan XXIII la llama “tesoro de valor incomparable”, y dice “tiene una conformación propia, noble y característica; un estilo conciso, variado, armonioso, lleno de majestad y de dignidad, que conviene de modo singular a la claridad y a la gravedad”.

2. ¿De dónde le vienen al latín esas características?

2.1. El P. Cayuela nos da una razón histórico-filológica: el latín llegó a su apogeo en el momento adecuado. (s.I a.C). Estaba suficientemente lejos de su nacimiento, como para haber pasado su infancia y adolescencia, y haberse enriquecido ya con palabras y giros capaces de expresar cualquier pensamiento humano. Y por otro lado, estaba suficientemente cerca de sus orígenes como para que se conservase todavía el frescor nativo de los valores humanos, y el pueblo romano amase esos valores y gustase el expresarlos. Sobre todo, que pudiese hacerlo con propiedad por poseer los medios de expresión adecuados.
Ello se debe a la gramática latina, profundamente lógica y a su sistema de flexión nominal.[11]

2.2. Veamos tres características del latín:
2.2.1. El carácter sintético
2.2.2. El hipérbaton
2.2.3. El encadenamiento lógico

2.2.1. El carácter sintético

Se percibe bien dicho carácter al comparar el latín con las lenguas romances. Estas deben emplear más vocablos que el latín, y recargar la frase para expresar la misma idea. Ello se debe a …
- no contar con desinencias de casos
- la necesidad de acudir a verbos auxiliares para formar varios de los tiempos verbales;
- el empleo de partículas, p.ej., en las oraciones de infinitivo;
- el escaso número de participios;
- la carencia de formas propias para la voz pasiva y los tiempos de obligación.

Este carácter sintético de la lengua latina se hace patente en múltiples inscripciones, epitafios, sentencias, escritos sobre piedras o pergaminos.
“Hay lenguas que cantan; otras que dibujan y pintan. El latín graba (esculpe) y eso que graba es imborrable. Se podría decir que aquello que no es universal o eterno no es latín”. (Brunetière)

2.2.2. El hipérbaton

“Gracias a la identidad de terminaciones de casos con que se relacionan entre sí los sustantivos y adjetivos que conciertan, y a la dependencia íntima de regimen que une estrechamente a las partes de la oración, se permite el latín un hipérbaton o trasposición de las palabras, que, mientras deja clarísimo el proceso lógico de las ideas, rompe con soltura y libertad genial el orden monótono, frío y meticuloso con que en las lenguas modernas (sobre todo algunas como el francés y el inglés) se van colocando unas tras otras las voces según su mera relación gramatical; y pone así de relieve otras relaciones más directamente salidas del alma, más intencionadas; con lo cual, juntando o disociando las palabras según las exigencias del pensamiento, del afecto o del ritmo, comunica a la frase una gran energía ideológica, un movimiento vivísimo y una dulce armonía. Diríase que el curso y el giro de la frase va retratando las impresiones que se suceden en el alma delante de un objeto o de un suceso, con el mismo orden con que las siente el espíritu, no precisamente con aquel orden con que la mente las analiza luego fríamente aplicándoles la plomada rígida de la lógica. ¡Cuánto más humano resulta ese modo de expresarse! Insistimos en la idea de siempre. El hombre no es entendimiento solo, ni cuando habla interviene sólo esa facultad. El hombre es un ser muy complejo; y al comunicarse por medio de la palabra, se ponen en actividad todas sus energías anímicas. Aquella lengua, pues, será más humana y humanizará más, que más al vivo reproduzca en su fisonomía la complejidad de actividades anímicas del escritor y orador”. [12]

2.2.3. Encadenamiento lógico

Las cualidades del latín para expresar correctamente el pensamiento se ve no sólo en las oraciones, sino también en cada párrafo. En un texto histórico, en una pieza oratoria, se puede percibir lo férreo de su estructura. La sintaxis latina cuenta con diversos recursos para manifestar la subordinación y lógica dependencia de pensamientos en un párrafo. Así por ej.:
- la consecución de modos y tiempos
- el empleo del subjuntivo para indicar el modo de pensar de la persona cuyo pensamiento se limita el autor a reproducir;
- la “oración oblicua”, en la que todos los modos y tiempos se hacen depender de un “dice” o “dijo”;
- a veces se sintetiza en un participio activo o pasivo toda una oración de tiempo simultáneo o pasado, respecto de la expresada por el verbo principal, etc.
Todas estas cualidades hacían decir a Gonzague de Reynold: “No hay lengua más adherida a la realidad que el latín… Hay pues, un instinto profundo … en nuestra conciencia, que nos conduce siempre al latín, esa lengua sin equívocos, cada vez que sentimos la necesidad de un vocabulario preciso, de definiciones claras y de fórmulas grabadas en bronce… El latín puede expresar lo universal sin disolverse en la abstracción”.[13]


2.3. Razones de las características del latín

a- El pueblo romano era un pueblo campesino, amante del terruño. De allí el realismo y la solidez de la lengua, y la predilección por los términos concretos.
P.ej: en lugar de decir “aceite”, los romanos decían “oliva” (“olea”): el primero, término abstracto; el segundo, concreto ( lo que es producto del olivo).


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