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La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

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lunes, 5 de septiembre de 2016


EL SANTO SEPULCRO.

Artículo del Padre Fr. Artemio Vitores, OFM, Vicario de la Custodia de Tierra Santa.
Hemos rescatado este artículo del año 2009 escrito por una de las personas que ha consagrado su vida a Tierra Santa y que conocen de primera mano las penurias y el abandono que sufren los cristianos en la Tierra de Cristo, el artículo completo lo pueden leer en la web: http://www.franciscanos.org/tierrasanta/vitores.htm

LOS FRANCISCANOS: AMORA AL SANTO SEPULCRO
I. EL SANTO SEPULCRO:
CORAZÓN DEL MUNDO CRISTIANO


El corazón de Jerusalén para un cristiano es el Santo Sepulcro: en este lugar se manifiesta de un modo especial la presencia salvadora de Dios, su amor por todos los hombres. Es el «centro y ombligo del mundo», el lugar santo por antonomasia, porque es el lugar del misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo Señor, nuestro Salvador. El Credo Niceno-constantinopolitano, símbolo de nuestra fe, después de decir que Cristo «fue crucificado por nuestra causa» y que ello tuvo lugar «en tiempos de Poncio Pilato», señala tres aspectos de este Misterio: «Padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras». La Liturgia celebra estos tres momentos en tres días diversos: Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Resurrección. Es lo que se llama el «Triduo Pascual».

La primitiva comunidad de Jerusalén los conmemoró en tres lugares distintos, englobados hoy dentro de la Basílica: el Calvario, lugar de la pasión; la Gruta de Adán, lugar que recuerda el descenso de Cristo al reino de los muertos; el Sepulcro Vacío, lugar de la victoria de Cristo sobre la muerte con su resurrección gloriosa y signo tangible de la esperanza cristiana. Sólo en el Santo Sepulcro el hecho salvífico se concretiza en el tiempo y en el espacio. En cualquier lugar del mundo la Liturgia proclama: «Hoy ha resucitado Cristo»; sólo en Jerusalén podemos cantar: «En este Calvario Cristo fue crucificado» o «resucitó Cristo de esteSepulcro».

1. LA ATRACCIÓN DEL SANTO SEPULCRO

El Santo Sepulcro es como un imán que atrae al cristiano, hoy y siempre. Es la atracción que sintieron las mujeres y los discípulos del Señor en la mañana de Pascua; lo que movía a los judeocristianos a conservar y venerar el Gólgota y el Sepulcro Vacío, impulsando a los cristianos, libres ya de las persecuciones, a venir a Jerusalén para venerar la Verdadera Cruz y la Tumba del Señor, recién descubiertas; lo que impulsaba a toda la cristiandad occidental, en tiempo de las Cruzadas, a liberar el Sepulcro glorioso de Cristo y que para ellos constituye una emoción incontenible cuando entran al Santo Sepulcro, llorando, mientras cantaban el Te Deum.

Sin duda, fue el objetivo que guió a san Francisco para encontrarse con el Sultán y obtener así el permiso para él y para sus hijos de visitar y servir para siempre en el Calvario y en el Sepulcro del Señor. El Santo Sepulcro ha impulsado a tantos cristianos, hombres y mujeres, a dejar su patria, quizás para siempre, para poder ver y tocar las piedras del Calvario y del Sepulcro y adorar al Salvador. La venerada Tumba sigue atrayendo a los creyentes hacia «las raíces de su fe y de la Iglesia», según las palabras de Juan Pablo II, peregrino en Tierra Santa.

Al Santo Sepulcro se viene con el corazón abierto al amor. La teología representa el sufrimiento del Purgatorio como el amor que se retrasa en la posesión de la Persona amada, que es Cristo, y es este sufrimiento el que purifica el alma del creyente. Este amor que se demora se ve en relación con el Santo Sepulcro. El camino del cristiano hacia la Tumba Vacía de Cristo ha estado siempre unido al dolor; no ha sido fácil llegar al objeto del deseo, a ver, tocar, besar «el lugar donde Jesús estaba» (Mt 28,6). Pero nada ha quitado al cristiano la fe en el Sepulcro del Señor. Ni Adriano al construir encima los templos paganos en el 135, ni los persas al arruinar el Santo Sepulcro en el 614. Ni siquiera el Califa Hakem, al destruirlo completamente en 1009, ni el propio Saladino y los demás sultanes musulmanes que lo han usado como medio para enriquecerse.

2. EL CAMINO FRANCISCANO

HACIA LA TIERRA DEL SEÑOR

En la historia que va desde las Cruzadas hasta la total dominación musulmana de Jerusalén se coloca otra "historia": la presencia franciscana en Tierra Santa. Juan Pablo II, en la Carta que anuncia su peregrinación a Tierra Santa, habla en primer lugar de los problemas existentes en el siglo XIII y de las peregrinaciones, que a veces no tenían un carácter pacífico y que «concordaban poco con la imagen del Crucificado». A continuación añade el Papa, presentando el significado de la misión de los franciscanos:
«Y quiso la Providencia que, junto con los hermanos de las Iglesias orientales, fueran sobre todo los hijos de Francisco de Asís, santo de la pobreza, de la mansedumbre y de la paz, quienes de parte de la cristiandad de occidente, interpretaran de un modo genuinamente evangélico el legítimo deseo cristiano de custodiar los lugares donde están nuestras raíces cristianas».
Mientras las armas cruzadas se habían mostrado impotentes, los hijos de san Francisco tomaban pacíficamente posesión de los Santos Lugares, y durante largos siglos, a precio de sufrimientos indecibles, montaron en ellos guardia, hasta nuestros días, en nombre del mundo católico.

a) Francisco desea el contacto directo con Cristo

Jesucristo no es sólo el Hijo de Dios, sino también el modelo al que deben imitar los hombres: conociéndolo, el hombre sabe quién es él y cómo comportarse en la vida. Ahora bien, Jesús no es un ser abstracto; es una persona viva y concreta. Francisco de Asís es un enamorado de esa Persona. Todos sus escritos transpiran infinito amor e inmensa ternura hacia Jesucristo, a quien quiere conocer e imitar al máximo en su vida. El Santo tenía a «Jesús en el corazón, Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos; Jesús presente siempre en todos sus miembros" (1 Cel 115). El mismo Celano afirma que «conservaba tan presente en su memoria la humildad de la encarnación y el amor de la pasión, que difícilmente quería pensar en otra cosa» (1 Cel 84). Según san Buenaventura su oración era el «Padre Nuestro» y también «Te adoramos, Cristo, en todas las iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos porque por tu santa cruz redimiste al mundo» (LM 4,3). Francisco predicaba siempre «la cruz de Cristo».

b) Tierra Santa, centro de la espiritualidad de Francisco

Aunque no lo sabemos con certeza, es probable que san Francisco haya visitado el Santo Sepulcro, como relatan antiguas crónicas franciscanas, según las cuales, en su encuentro con el Sultán, en 1219, éste le dio todas las facilidades para poder visitar el Santo Sepulcro: «El Sultán... dio orden que él y todos sus frailes pudieran ir libremente a visitar el Santo Sepulcro, sin pagar ningún tributo». Dicen además que Francisco vuelve a Italia después de haber estado en Jerusalén: «Visitado el Sepulcro de Cristo, volvió apresuradamente a la tierra de los Cristianos» (Ángel Clareno, Crónica de las siete tribulaciones, II, 1). No visitar el Santo Sepulcro estaría en contradicción con el espíritu del Santo. Francisco tenía necesidad de sentir en su corazón las mismas emociones y las mismas vibraciones que había sentido y experimentado Cristo. No es inimaginable sospechar que Francisco, en su deseo de imitar radicalmente a Cristo hasta el martirio, quisiera terminar su vida en la misma Tierra en la que el Hijo de Dios había consumado su sacrificio de amor.

Se comprende también así que los recuerdos de Tierra Santa quedaran impresos en su corazón y se convirtiesen en experiencia de vida. Es el caso de la evocación que hizo en Greccio del nacimiento de Dios, el «Rey pobre» y tierno como un niño, en Belén. La impresión de las llagas en La Verna es la imitación de la crucifixión de Cristo en el Calvario, y el Cántico de las Criaturas es el himno al mundo renovado por laresurrección de Cristo y que ahora ha sido reconciliado con Dios gracias a la Redención de Cristo. Greccio y La Verna, Belén y Jerusalén forman en Francisco una unidad inseparable: la imitación radical de Cristo. La vida de san Francisco no se entiende fuera de Cristo y de Tierra Santa, como afirma Benedicto XVI:
«Su tierno abrazo al Niño divino en Greccio, su contemplación de la Pasión en La Verna, su vivir, según la forma del santo Evangelio, su opción por la pobreza y su búsqueda de Cristo en el rostro de los pobres, todo se basa en un amor total a Jesús».
Enamorándose de Cristo halló Francisco el rosto de Dios-Amor, de quien se hizo apasionado cantor, como un auténtico «juglar de Dios».