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La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

Nuestra dirección de contacto es: infomilitiatempli@gmail.com

lunes, 26 de septiembre de 2016

LOS TEMPLARIOS EN TIERRA SANTA, LOS MONJES GUERREROS DE JERUSALÉN

  
  
     Fundado en Jerusalén tras la primera cruzada, el Temple unía ideales monacales y guerreros. Su creación marcó un hito en el proceso de santificación de la guerra y la caballería impulsado por la Iglesia, y su rígida organización prefigura la de los ejércitos modernos.

     En 1146, Luis VII de Francia se embarcaba camino de Tierra Santa como cruzado. No tardó en darse cuenta de que allí se enfrentaba a un enemigo de distinta naturaleza de los que habían sido hasta ahora sus adversarios. Durante una marcha militar por Asia Menor, permitió que la vanguardia de su ejército se separase del resto de la columna para acampar en Cadmos, lo que permitió a los turcos asestarle un duró revés militar. A partir de aquel desastre el rey francés se rindió a la evidencia y confió el mando de las operaciones a Evérard de Barres, maestre de la orden del Temple, una nueva fuerza militar creada en Jerusalén en 1118 o 1119, pocos años después de su conquista por la primera cruzada. Su finalidad era proteger a los peregrinos que acudían a la Ciudad Santa, pero más tarde asumió la defensa de los Estados latinos creados en Oriente.
   
     Tras el revés de Cadmos, Luis VII vio en los templarios un ejemplo de disciplina y valor militar, y ordenó a sus hombres que se comportaran de manera parecida. Pero ¿qué ofrecían militarmente los templarios al monarca francés y a otros líderes cruzados? Encontramos la respuesta en la Regla del Temple, un conjunto de normas de conducta que constituye un compendio de saberes bélicos cimentados en años de enfrentamientos con el enemigo musulmán en Tierra Santa.

Las cualidades del templario.

     Desde un punto de vista bélico, los templarios han pasado a la historia por su arrojo y su combatividad. Cuando san Bernardo de Claraval, ardiente defensor de las cruzadas, redactó el Elogio de la nueva milicia, una especie de panegírico de la orden templaria que acababa de nacer, anticipó algunas cualidades de estos combatientes que acabarían siendo plasmadas en su Regla. Decía san Bernardo que esta milicia, en contraste con la «malicia» encarnada por los caballeros ordinarios, era disciplinada y obediente, no tan preocupada por la gloria mundana como por servir a Dios. Disciplina y obediencia eran, pues, valores supremos que Bernardo anticipaba en su elogio: «Se guarda perfectamente la disciplina y la obediencia es exacta».

     Esta disciplina se manifiesta de múltiples maneras. Los caballeros avanzan por escuadrones y en silencio, y si uno debe comunicarse con otro tiene que ir hacia él cabalgando «a sotavento», para que el polvo que levanta su montura no moleste al resto de jinetes.Si se hallan en tierra enemiga y el portaestandarte «pasa de largo» ante una corriente de agua, los caballeros harán lo mismo. No puede ponerse el yelmo sin permiso, pero cuando recibe la orden de ponérselo ya no se lo puede quitar hasta que sea autorizado a ello. Cuando acampan, los escuderos que van a buscar forraje para los caballos o leña, y los propios caballeros, sólo pueden alejarse hasta donde oigan el grito o la campana, para reunirse cuando sea necesario.

     Los templarios, pues, no marchaban nunca como una banda desorganizada, en tropel o impetuosamente, ni se precipitaban de forma impulsiva contra el enemigo, sino que «guardan siempre su puesto con toda precaución y prudencia imaginables». Pero esa prudencia no es incompatible con un coraje destacable, pues «se lanzan sobre sus contrarios como si las tropas enemigas fueran rebaños de ovejas, y, aunque son muy pocos, no temen, de ninguna manera, a la multitud de sus adversarios ni su bárbara crueldad».

     Su compromiso con la causa divina se reflejaba asimismo en una apariencia externa rigurosa, austera, castrense: «Llevan el cabello rapado […] nunca se rizan el pelo; se bañan muy raras veces; no se cuidan el peinado, van cubiertos de polvo y negros por la cota de malla y por los vehementes ardores del sol». A la hora de lanzarse a la batalla, estos nuevos caballeros se arman interiormente con la fe, y externamente con los mejores caballos de guerra, rápidos y ligeros, carentes de todo ornamento, pensando más en el combate mismo que en el «fausto y la pompa», aspirando más a la victoria que a la vanagloria, a diferencia de los engreídos caballeros mundanos. Las ideas de Bernardo de Claraval se reflejaron en la Regla del Temple y sus ampliaciones hasta el siglo XIII. En este estricto código de conducta son precisamente el orden y la disciplina las cualidades más valoradas en el «hermano caballero», que constituía la base militar de la Orden. Cualidades cuya puesta en práctica ha permitido afirmar que los templarios inventaron nuevas técnicas guerreras, desconocidas hasta entonces en Europa occidental y Tierra Santa. ¿Y en qué consistían estas innovaciones?

Un perfecto orden de batalla.

     La Regla ordenaba con precisión el orden de combate a la hora de lanzar una carga de caballería, la más potente y devastadora arma empleada por las huestes cristianas contra los ejércitos musulmanes en los siglos XII y XIII. Según los preceptos de la Regla, la hueste templaria se dividía en escuadrones, al frente de cada uno de los cuales se situaba un mando señalado, maestre o mariscal. Estos escuadrones se situaban en primera línea, y detrás los secundaban escuderos que portaban las armas y cuidaban de los caballos de refresco. Cuando se lanzaba la carga, los escuderos debían seguir de cerca a su escuadrón, preparados para socorrer a los caballeros heridos así como para reemplazar las monturas caídas en el primer choque, pero sin participar en la carga, protagonizada por los caballeros.

     Si su ejecución era buena, una carga de caballería pesada era un arma demoledora. Y un espectáculo imponente. Durante la primera cruzada, la princesa bizantina Anna Comnena afirmó en su Alexiada, una crónica de la época, que un caballero franco pesadamente armado podía traspasar las murallas de Babilonia. En tal sentido, los templarios eran deudores del armamento popularizado en Europa occidental desde finales del siglo XI, consistente en una cota de malla que cubría cabeza, torso, brazos y piernas hasta la rodilla, un casco cónico, un caballo fuerte de combate (destrier), un escudo, una lanza larga y una espada de doble filo. Pero para que la carga fuese efectiva resultaba imprescindible que los caballeros actuasen con total cohesión. Éste es el aspecto en que más insistieron las normas templarias, expuestas en la primitiva Regla y en unos Estatutos jerárquicos, fechados entre 1165 y 1187, que cargaban las tintas en la jerarquía militar de las huestes, en la organización de marchas y campamentos y en la articulación de los escuadrones en el momento crucial de la batalla.

Para leer artículo completo: National Geographic