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La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

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jueves, 22 de septiembre de 2016

Sobre las raíces cristianas de Europa

Brillante artículo publicado en conoze.com, corto, sencillo, directo y facilmente entendible:
Para leerlo completo: conoze.com


Es interesante el debate actual sobre las raíces cristianas de Europa, a propósito de una posible mención del cristianismo en la futura Constitución de la Unión Europea. La Razón se ha hecho eco de este debate. Quisiera hacer algunas consideraciones sobre el tema.
Podemos hablar de una «deriva laica» del cristianismo, que para algunos autores se convierte en una «deriva laicista», e incluso en una «deriva atea». Creo que la «deriva laica» del cristianismo es cierta al menos en un doble sentido.
1. El judeocristianismo, al decir que todo ha sido creado por Dios, desdiviniza el mundo, e incluso lo desdemoniza; de este modo muchos temores y angustias ante fuerzas y seres que se tenían por divinos o demoníacos desaparecen: la afirmación de la creación hace profano al mundo y libera al hombre de muchos dioses y demonios.
2. Ulteriormente, el cristianismo profundiza en esa «profanización» distinguiendo lo sacro de lo profano; concretamente, la política sale del reino de lo sacro, junto con otras artes.
Esta distinción entre lo religioso y lo político supone una gran revolución del orden clásico; a lo largo de la historia se ha llevado a la práctica este dualismo con mayor o menor acierto, pero incluso en los momentos más oscuros el dualismo político religioso testimoniaba que sobre el hombre no existe un poder absoluto en la tierra; era y es una garantía frente al totalitarismo.
Ahora bien, de la «deriva laica» no debemos pasar a una «deriva laicista», que pasa de «distinción» entre lo político y lo religioso a «mutua ignorancia»: la pretensión de que cada uno de los dos viva como si el otro no existiera, lo cual no puede ser, porque de hecho existe. Se trata de buscar continuamente un difícil equilibrio, una sana separación sin extremismos.
Por supuesto, no hay «deriva atea» en el cristianismo. Repitamos una obviedad de Perogrullo: los cristianos creemos en Dios (¿no faltaba más!), creemos que Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre que ha muerto y resucitado por nuestra salvación.
La cuestión, respecto de las raíces cristianas de Europa y su mención en la Constitución Europea, es que todo sistema de derecho ha de basarse en algunos valores, en bienes éticos compartidos. Y parece que el cristianismo no es totalmente ajeno a los valores o bienes éticos que compartimos los europeos. En particular no es ajeno al principio del inmenso respeto que merece cada persona: la fe cristiana la considera como imagen de Dios y redimida por Cristo, y esto ha dado sus frutos a lo largo de la historia.
La idea de que lo religioso debe desaparecer radicalmente del ámbito de lo público y quedar relegado al ámbito de lo privado es un mito falso. Si mis ideas políticas, artísticas, sociológicas, filosóficas, científicas, jurídicas, etc., pueden entrar a jugar en la arena de lo público, ¿por qué las convicciones religiosas han de ser las únicas que no tengan acceso a él? Detrás de esta negativa no está una sana laicidad, sino la pretensión de una religiosidad vergonzante, de que el creyente deba casi excusarse por serlo. Se busca un cristiano incapaz de manifestar públicamente sus convicciones y que vive arrinconado.
Toda religión supone una interpretación última del mundo, de la sociedad y de sí mismo. Y esta interpretación tiene derecho a ofertarse en el terreno de lo público. Ciertamente este derecho debe compaginarse con el derecho de libertad religiosa de los demás. Es más, el derecho de libertad religiosa está antes que el derecho de concurrir con la religión en el terreno de lo público (y lo engloba). Esto se conseguirá si lo religioso no se «impone» sino que se «oferta».