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La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

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domingo, 30 de octubre de 2016


PALABRAS DEL CARDENAL SARAH
Una de las mentes más claras de la Iglesia


Sin tiempo para vivir, amar, adorar: una “apostasía silenciosa”
El cardenal Sarah constata un rechazo de Dios y de la fe cristiana en política, en economía, en el ámbito ético y moral, en la cultura occidental posmoderna

Artículo Publicado en Aleteia: aleteia.org

“Incluso entre los bautizados y los discípulos de Cristo, hay hoy una especie de “apostasía silenciosa”, un rechazo de Dios y de la fe cristiana en política, en economía, en el ámbito ético y moral así como en la cultura occidental posmoderna”, lamentó el cardenal Robert Sarah el pasado 4 de noviembre en un encuentro sobre el tema de la caridad de las conferencias episcopales europeas en la ciudad italiana de Trieste.
 
“Involuntariamente –prosiguió- respiramos a pleno pulmón doctrinas que van contra los seres humanos y que generan nuevas políticas que tienen un impacto corrosivo, destruyen, demolen y agreden gravemente, de manera lenta pero constante, especialmente al ser humano, su vida, su familia, su trabajo y sus relaciones personales”.
 
“Ya no tenemos tiempo de vivir, ni de amar, o de adorar –constató-. Este es un desafío excepcional para la Iglesia y para la pastoral de la caridad”.
 
“La Iglesia, de hecho, también señala las distintas formas de sufrimiento de las que es víctima la persona humana”, añadió.
 
El prelado indicó que “un humanismo sin Dios, junto a un subjetivismo exacerbado, ideologías que hoy son difundidas por los medios de comunicación y por grupos muy influyentes y muy poderosos económicamente, se esconden bajo las apariencias de la ayuda internacional y operan también en el entorno eclesial, así como en nuestras agencias caritativas”.
 
Respecto a la Iglesia, recordó que “los valores cristianos que la guían y la identidad eclesial de la actividad caritativa no son negociables” y dijo que estos “deben rechazar toda ideología contraria a la enseñanza divina, rechazar categóricamente todo apoyo económico o cultural que impusiera condiciones ideológicas opuestas a la visión cristiana del hombre”.
 
 “No sabíamos entender la misión de la Iglesia sin relacionarla con la misión de Cristo”, añadió, y animó a los fieles a dar testimonio de su fe al hacer obras de caridad, tema central de este encuentro, y a volver a llevar el ejercicio de la caridad a “su relación intrínseca con el anuncio de la fe y con la celebración de esta en la liturgia”, sin lo cual se reduciría a una simple solidaridad humana.
 
Citando la encíclica de Benedicto XVI Deus caritas est, recordó que “el origen de la caridad es divino”: “Es Dios quien nos dice lo que es la caridad, mejor dicho, quien, en su Hijo, nos ha mostrado la caridad que, en el lenguaje bíblico, significa no sólo amar, sino amar plenamente hasta dar la propia vida”.
 
Según el cardenal Sarah, el obispo debe hacerse “presidente y ministro de la caridad en la Iglesia” y debe aportar su testimonio personal “llevando una vida sencilla y mostrando caridad con los pobres; teniendo una atención paternal con los más pobres y los excluidos de la sociedad para que la Iglesia particular viva la diaconía que Cristo ha enseñado”.
 
“La caridad es una práctica que se puede comparar con una predicación silenciosa, pero viva y eficaz”, precisó el prelado.
 
Y concluyó: “La credibilidad del testimonio debe pasar por el testimonio personal, porque la caridad –que no es un trabajo propiamente dicho sino una relación- pide siempre una dimensión personal, oración, frecuentar los sacramentos y la adoración como expresión suprema de nuestro amor y de nuestra comunión con Dios”.