CONTACTA CON NOSOTROS

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

Nuestra dirección de contacto es: infomilitiatempli@gmail.com

domingo, 17 de enero de 2016


NO DEJEN DE VER ESTE DOCUMENTAL, NO PODEMOS OLVIDAR NI UN SOLO MINUTO LA SITUACIÓN DE NUESTROS HERMANOS PERSEGUIDOS.



LA NIÑA CHINA QUE MURÍO POR REPARAR UNA OFENSA A LA EUCARISTÍA

Una pequeña mártir que inspiró a Fulton Shenn a dedicar una hora al día a la adoración eucarística toda su vida.

     Unos meses antes de su muerte, el obispo Fulton J. Sheen fue entrevistado por un canal nacional de televisión: “Señor obispo, miles de personas en todo el mundo se inspiran en usted. ¿En quién se inspiró usted? ¿Fue por casualidad en algún papa?”.
     El obispo Sheen respondió que su mayor inspiración no fue un papa, un cardenal, u otro obispo, ni siquiera un sacerdote o monja. Fue una niña china de once años de edad.
     Explicó que cuando los comunistas se apoderaron de China, encerraron a un sacerdote en su propia rectoría, cercana a la iglesia. El sacerdote observó asustado, desde su ventana, cómo los comunistas invadían el templo y se dirigían al santuario. Llenos de odio, profanaron el tabernáculo, cogieron el cáliz y arrojándolo al suelo, se cayeron las hostias consagradas.
     Eran tiempos de persecución y el sacerdote sabía exactamente cuántas hostias había en el cáliz: treinta y dos.
    Cuando los comunistas se fueron, tal vez no se dieron cuenta o no prestaron atención a una niña que estaba rezando en la parte trasera de la iglesia y vio todo lo que sucedió.
     En la noche, la pequeña regresó y escapando del guardia que estaba en la rectoría, entró en el templo. Ahí, hizo una hora santa de oración, un acto de amor para reparar el acto de odio. Después de su hora santa, entró en el santuario, se arrodilló e inclinándose hacia delante, con su lengua recibió a Jesús en la Sagrada Comunión (en aquel tiempo no estaba permitido a los laicos tocar la Eucaristía con sus manos).

     La pequeña regresó cada noche, haciendo su hora santa y recibiendo a Jesús Sacramentado en la lengua. La trigésima noche, después de haber consumido la última hostia, accidentalmente hizo un ruido que despertó al guardia. Este corrió tras ella, la agarró y la golpeó hasta matarla con la parte posterior de su arma.
     Este acto de martirio heroico fue presenciado por el sacerdote que, profundamente abatido, miraba por la ventana de su cuarto convertido en celda.
     Cuando el obispo Sheen escuchó el relato, se inspiró de tal manera que prometió a Dios que haría una hora santa de oración frente a Jesús Sacramentado todos los días por el resto de su vida.
     Si aquella pequeña pudo dar testimonio con su vida de la real y bella presencia de su Salvador en el Santísimo Sacramento, entonces el obispo se veía obligado a hacer lo mismo. Su único deseo desde entonces sería atraer al mundo al Corazón ardiente de Jesús en el Santísimo Sacramento.
     La pequeña enseñó al obispo el verdadero valor de la devoción que se debe tener a la Eucaristía; cómo la fe puede sobreponerse a todo miedo y cómo el verdadero amor a Jesús en la Eucaristía debe trascender la propia vida.
Fuente: Aleteia

domingo, 10 de enero de 2016


10 RAZONES PARA ASISTIR A LA MISA TRADICIONAL.




    A continuación dejamos, un artículo  publicado  en la extraordinaria Web "Paix Liturgica", la cual recomendamos, del Profesor Peter Kwasniewski, autor en lengua inglesa, en el cual se dan díez razones para asistir a la Santa Misa Tradicional o Rito Gregoriano o Tridentino:

1. Seréis como los santos.

     Si se toma en consideración que la misa tradicional celebrada hasta 1970 era, en lo esencial, la de San Gregorio Magno (codificada hacia el año 600), estamos hablando de 1400 años de la vida de la Iglesia, es decir, la mayor parte de la historia de sus santos. Las oraciones, los himnos, las lecturas que han alimentado su fe son las mismas que alimentan la nuestra. Es la misa de Santo Tomás de Aquino, quien compuso el propio de la fiesta de Corpus Christi, es la misa a la que asistía San Luis Rey de Francia hasta tres veces por día, es la misa que sumía a San Felipe Neri en éxtasis de los que era preciso sustraerlo, es la misa que se celebraba clandestinamente en Inglaterra y en Irlanda en la época de las persecuciones, es la misa que rezaba San Damián de Molokai en la capilla construida con sus manos leprosas...

2. Lo que es verdadero para nosotros lo es aún más para nuestros hijos.

     La liturgia tradicional forma la mente y el corazón de nuestros hijos en la alabanza divina mediante la ejercitación de las virtudes de la humildad, la obediencia y la adoración silenciosa. Llena sus sentidos y su imaginación con los signos y los símbolos sagrados, con «ceremonias místicas» como las llamaba el Concilio de Trento. Los pedagogos saben que los niños son más sensibles a las ilustraciones visuales que a los largos discursos. La solemnidad de la liturgia tradicional abrirá a los niños catequizados a la trascendencia y hará nacer en muchos niños varones el deseo de servir en el altar.

3. La misa universal.

La liturgia tradicional no sólo establece un vínculo de unidad temporal entre nuestra generación y las que nos han precedido, sino también un vínculo de unidad espacial entre todos los fieles del globo terrestre. Antes de la reforma litúrgica, era un gran consuelo para los viajeros descubrir que más allá de las culturas y los climas, la misa era siempre la misma en todas partes, la misma que celebraba el sacerdote de su parroquia. Era también la más evidente confirmación de la auténtica catolicidad de su catolicismo. ¡Qué contraste con ciertas parroquias actuales donde la misa cambia de un sacerdote a otro y de un domingo a otro...!

4. Sabemos a qué atenernos.

     Una ceremonia centrada en el sacrificio de Nuestro Señor en el Calvario. El silencio, antes, durante y después. Monaguillos varones únicamente. Sólo manos consagradas para tocar el Cuerpo de Cristo. Nada de extravagancias en los ornamentos o la música. En otros términos, la única actividad que el hombre, cuando no si celebra de manera inadecuada, no puede desviar de su único objeto: la alabanza del verdadero Dios. El padre Jonathan Robinson, del Oratorio de San Felipe Neri, en su libro The Mass and Modernity (Ignatius Press, 2005), escrito antes de que se familiarizara con la liturgia tradicional, señala que la atracción principal y perenne de lo que aún era el rito antiguo reside en que ofrece «una referencia trascendente », aunque sea mal celebrada (1). Mientras que, en la misa nueva, nada garantiza «la centralidad del misterio pascual» (2).

5. Es el original.

     El rito romano tradicional tiene una orientación teo y cristo céntrica patente, manifestada tanto la en la posición ad Orientem del celebrante como en los ricos textos del misal que destacan el misterio trinitario, la divinidad de Nuestro Señor y su sacrificio en la Cruz. Como bien lo ha documentado el profesor Lauren Pristas (3), las oraciones del nuevo misal carecen de claridad en la expresión del dogma y de la ascesis católica; en cambio, las oraciones del antiguo misal no tienen ni ambigüedad ni equívocos. Cada vez es mayor el número de católicos que se percatan de hasta qué punto la reforma litúrgica fue precipitada y de cómo conduce a la confusión a causa de sus opciones casi ilimitadas y de su discontinuidad con los catorce siglos anteriores de oración de la Iglesia.

6. Un santoral superior.

     En los debates litúrgicos, una gran parte de los intercambios se centra, como es lógico, en la defensa o la crítica de los cambios aportados al ordinario de la misa. Pero no se debe olvidar que una de las diferencias más importantes introducidas en el misal de 1970 es su calendario, empezando por el santoral. El calendario de 1962 es una maravillosa introducción a la historia de la Iglesia, en especial, la historia de la Iglesia primitiva, hoy tan frecuentemente olvidada. Está ordenado tan providencialmente que la sucesión de ciertas festividades forma conjuntos que ilustran una faceta particular de la santidad. Por su parte, los creadores del calendario reformado han eliminado o degradado 200 santos, empezando por San Valentín. San Cristóbal, el patrono de los viajeros, ha desaparecido, con la excusa de que no habría existido, a pesar de las innumerables vidas que salva cotidianamente. Se ha privilegiado de forma sistemática la ciencia histórica moderna frente a las tradiciones orales de la Iglesia. Esta preferencia científica hace pensar en las siguientes palabras de Chesterton en su obra Ortodoxia: «Es muy fácil comprender por qué una leyenda se considera y debe ser considerada con mayor respeto que una obra histórica. La leyenda es, generalmente, obra de la mayoría de los miembros de la aldea, una mayoría de hombres sanos de espíritu. El libro, por lo general, está escrito por el único hombre loco de la aldea» .

7. Un temporal superior.

     El temporal también padeció alteraciones. El ciclo litúrgico es mucho más rico en el calendario de 1962. Cada domingo del año tiene su contenido propio, que constituye una suerte de marcador para los fieles gracias al cual pueden medir, año tras año, su progreso o retroceso espiritual. El calendario tradicional observa antiguas circunstancias recurrentes, como las Cuatro Témporas o las Rogativas que manifiestan, además de nuestra gratitud hacia el Creador, nuestra sumisión alegre al ciclo natural de las estaciones y de las cosechas. El calendario tradicional no tiene un «tiempo ordinario», expresión muy poco feliz si se considera que después de la Encarnación ya nada puede ser «ordinario»; en cambio, tiene un tiempo después de la Epifanía y un tiempo después de Pentecostés, lo que prolonga el eco de dichas fiestas. Como Navidad y Pascua, Pentecostés, fiesta no menor, tiene su octava durante la cual la Iglesia cuenta con tiempo suficiente para renovar su ardor bajo el influjo del fuego celestial. Sin olvidar el tiempo de Septuagésima que ayuda al pueblo de Dios a pasar con suavidad de la alegría de la Navidad al dolor de la Cuaresma. Todos estos tesoros preciosamente conservados nos conectan con la Iglesia de los primeros siglos...

8. Una mejor introducción a la Biblia.

     La opinión corriente pretende que uno de los progresos principales del nuevo Ordo es su ciclo trienal y las lecturas más numerosas que supuestamente ayudan a un mejor conocimiento de la Biblia. Pero con esto se ignora que si bien es cierto que la nueva disposición ha multiplicado las lecturas, también ha destruido el vínculo que las unía en el antiguo Ordo y que constituía la trama de la misa domingo a domingo. En materia de lecturas bíblicas, el Ordo tradicional responde a dos principios admirables:
- en primer lugar, los pasajes no se eligen por su propio interés (con el fin de cubrir la mayor extensión posible de la Escritura) sino para iluminar la festividad particular celebrada;
- en segundo lugar, el acento, más que en una mayor alfabetización bíblica de los fieles, está puesto en la «mistagogia». En otras palabras, las lecturas de la misa no han sido concebidas como un curso bíblico dominical sino como una iniciación progresiva a los misterios de la fe a través de la liturgia. Su número más limitado, su concisión, su pertinencia litúrgica y su repetición anual las convierten en un agente muy eficaz de formación espiritual y en una perfecta preparación para el sacrificio eucarístico.

9. La devoción a la Sagrada Eucaristía.

     Naturalmente, la forma ordinaria puede ser celebrada con reverencia y devoción y en el momento de la comunión, puede ocurrir que sólo la distribuyan los ministros ordenados a los fieles en la boca. Pero todos los domingos, en la mayoría de las parroquias ordinarias, se recurre a los ministros extraordinarios para dar la sagrada comunión a los fieles presentes, quienes, en gran medida, la toman, más que la reciben, con la mano. Estas dos actitudes minan profundamente el sacrosanto respeto debido al Santísimo Sacramento y, por ende, la comprensión del misterio eucarístico. Y aun cuando uno comulgue en la boca, poniéndose en la fila del sacerdote en vez de en la del ministro extraordinario, se corre el riesgo de acercarse a Jesús Hostia con el alma distraída, atormentada o incluso, indiferente, lo que no es mejor. Momento de gran solemnidad, tradicionalmente muy edificante para los niños, la comunión termina, de este modo, por convertirse en un momento de agitación y confusión. El olvido de la presencia real de Nuestro Señor en la Sagrada Eucaristía desemboca inexorablemente en la «protestantización» de nuestra relación con Dios. Mientras que el indulto de la comunión en la mano no sea abolido, la liturgia tradicional es la única vía segura para preservar y alimentar nuestra comprensión del misterio de la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo tanto en la Sagrada Eucaristía como en la Iglesia y en nuestras vidas de cristianos.

10. El misterio de la Fe.


     Si sólo hubiera que quedarse con una razón que justificara la elección de la forma extraordinaria, sería simplemente que ésta es la expresión más perfecta del Misterio de la Fe. Lo que San Pablo llamaban musterion y que la tradición latina designa con los términos de mysterium y sacramentum es todo menos un concepto marginal en la Cristiandad. La increíble revelación de Dios a los hombres, a lo largo de toda la historia y en particular en la persona de Cristo, es un misterio en el sentido más elevado del término: es la revelación de una realidad perfectamente inteligible pero siempre ineluctable, siempre luminosa pero enceguecedora por su misma luminosidad. Las ceremonias litúrgicas que nos ponen en contacto con Dios deberían llevar el sello de su esencia misteriosa eterna e infinita. Por su lengua sagrada, su ordenamiento, su música y la postura del sacerdote, la forma extraordinaria del rito romano tiene, sin duda alguna, ese sello. Al favorecer el sentido de lo sagrado, la misa tradicional conserva intacto el misterio de la fe (4).

Publicado en : http://www.paixliturgique.es/