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La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

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lunes, 14 de mayo de 2018


Los primeros cristianos tenían una certeza indestructible en la victoria final del cristianismo
¿Por qué el cristianismo se extendió tan rápidamente?


La expansión del cristianismo en los tres primeros siglos
“Intentaré iluminar lo que podemos aprender en la Iglesia de hoy: qué errores hay que evitar y qué ejemplos hay que imitar y qué aportación específica pueden dar a la evangelización los pastores, monjes, los religiosos de vida activa y los laicos”.
Raniero Cantalamessa hizo una reflexión sobre la evangelización cristiana en los tres primeros siglos. El periodo –dijo Cantalamessa- en el que el cristianismo hace camino por su propia fuerza”.
Los primeros cristianos tenían una certeza indestructible sobre la bondad y la victoria final del cristianismo
En cada uno de estos momentos intentaré iluminar lo que podemos aprender en la Iglesia de hoy: qué errores hay que evitar y qué ejemplos hay que imitar y qué aportación específica pueden dar a la evangelización los pastores, monjes, los religiosos de vida activa y los laicos.

1. La difusión del cristianismo en los tres primeros siglos

Comenzamos hoy con una reflexión sobre la evangelización cristiana en los tres primeros siglos. Un motivo hace de este periodo un modelo para todos los tiempos. Es el periodo en el que el cristianismo hace camino por su propia fuerza. No hay “ningún brazo secular” que lo apoye; las conversiones no se determinan por ventajas externas, materiales o culturales; ser cristianos no es una costumbre o una moda, sino una elección contra corriente, a menudo a riesgo de la propia vida. En ciertos aspectos es la misma situación que se ha vuelto a dar en muchas partes del mundo.
La fe cristiana nace con una apertura universal. Jesús había dicho a sus apóstoles que vayan a “todo el mundo” (Mc 16,15), que “hagan discípulos a todas las gentes” (Mt 28,19), que sean testigos “hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8), que “prediquen a todos los pueblos la conversión y el perdón Vocación de los discípulosde los pecados” (Lc 24,47).
La actuación de principio de esta universalidad se da ya en la generación apostólica, no sin dificultades o heridas. El día de Pentecostés se supera la primera barrera, la de la raza (los tres mil convertidos pertenecían a pueblos distintos, pero eran todos creyentes judíos); en casa de Cornelio y en el llamado Concilio de Jerusalén, sobre todo por impulso de Pablo, se supera la barrera más difícil de todas, la religiosa que dividía a los judíos de los gentiles. El evangelio tiene ante sí al mundo entero, aunque momentáneamente este mundo es limitado, en el conocimiento de los hombres, a la cuenca mediterránea y a los confines del Imperio Romano.
Más complejo es seguir la expansión de hecho o geográfica del cristianismo en los primeros tres siglos que, sin embargo, es menos necesario para nuestro objetivo. El estudio más completo y, hasta ahora no superado, a este respecto es el de Adolph Harnack, Misión y expansión del cristianismo en los tres primeros siglos.
Una fuerte intensificación de la actividad misionera de la Iglesia tuvo lugar bajo el mando del emperador Cómodo (180-192) y después, en la segunda mitad del siglo III, es decir hasta la víspera de la gran persecución de Diocleciano (302). Este, aparte de las esporádicas persecuciones locales, fue un periodo de paz relativa que permitió a la Iglesia naciente el poder consolidarse en su interior, desarrollando una actividad misionera de una forma nueva.
Veamos en qué consiste esta novedad. En los primeros dos siglos la propagación de la fe se confiaba a la iniciativa personal. Se trataba de profetas itinerantes, de los que habla la Didaché, que se trasladaban de sitio a sitio; muchas conversiones se debían al contacto personal, favorecido por el trabajo común ejercitado, de los viajes y de las relaciones comerciales, del servicio militar y de otras circunstancias de la vida.

Orígenes nos da una descripción conmovedora del celo de estos primeros misioneros:

“Los cristianos hacen todos los esfuerzos posibles para difundir la fe sobre la tierra, para este fin algunos de ellos se proponen formalmente como deber de sus vidas, peregrinar de ciudad en ciudad, también de pueblo en pueblo para ganar nuevos fieles al Señor. No se dirá que lo hacen para beneficiarse, porque a menudo rechazan hasta los más necesario para vivir”.
Ahora, en la segunda mitad del siglo III, estas iniciativas personales se coordinan cada vez más y en parte se sustituyen por las comunidades locales. El obispo, también reaccionando a los impulsos disgregatorios de la herejía gnóstica, adquiere la supremacía sobre los maestros, como director de la vida interna de la comunidad y centro propulsor de su actividad misionera. La comunidad es el sujeto evangelizador, hasta tal punto que un estudioso como Harnack afirma: “Debemos dar por cierto que la sola existencia y trabajo constante de las comunidades individuales fue el principal coeficiente en la propagación del cristianismo”.
Hacia el final del siglo III, la fe cristiana penetró prácticamente en cada estrato de la sociedad, tiene su literatura en lengua griega y una, aunque en sus comienzos, en lengua latina; posee una sólida organización interna; comienza a construir edificios cada vez más grandes, signo del crecimiento del número de creyentes. La gran persecución de Diocleciano, aparte de las numerosas víctimas, no hizo más que mostrar la fuerza inexpugnable de la fe cristiana. El último enfrentamiento entre el imperio y el cristianismo fue la prueba de esto.
Constantino no hace más que constatar la nueva relación de fuerzas. No fue él quien impuso el cristianismo al pueblo, sino el pueblo quien le impuso a él el cristianismo. Afirmaciones como la de Dan Brown en la novela El Código Da Vinci, y de otros escritores, según las cuales fue Constantino el que, por motivos personales, transformó con su edicto de tolerancia y con el Concilio de Nicea, a una oscura secta religiosa judía en la religión del imperio, se funda en una total ignorancia de lo que precedió a estos sucesos.
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